viernes, 19 de noviembre de 2010

hermenéutica y fenomenología.

Con el positivismo lógico, surge un método de investigación (paradigma explicativo) particular en el campo de las ciencias naturales (posteriormente también dentro de las ciencias sociales) que pretende alcanzar la objetividad. Su forma más común es la predicción o también conocida como hipótesis, en donde mediante el planteamiento de ciertos supuestos que pueden suceder, y que luego están sujetos a la verificación o comprobación de éstos mismos, se busca establecer una serie de leyes y explicaciones generales para el hecho u objeto investigado, a modo de medirlo o cuantificarlo.

Ahora bien, todo resultado científico es distinto en cuanto a la aplicación de metodología de investigación y está condicionado a cada una de las corrientes de pensamiento en la se enmarque, planteándose así una epísteme distinta para cada variación. Con esto me refiero a que los paradigmas de investigación, en ciencias sociales, difieren entre sí a partir de sus teorías y su empleo metodológico: el paradigma explicativo versus el paradigma interpretativo o comprensivo.

Ya Popper, discrepó contra el positivismo lógico y se opuso fervientemente a la inducción. “[…] lo falso es lo único que puede aspirar a la verdad […] Popper sostiene que la ciencia parte de proposiciones universales, sin que haya que cuestionarse de donde provienen tales proposiciones.” (Echeverría; 1988: 195)

También la Fenomenología niega todas aquellas nociones positivistas referidas a la explicación y a la predicción del hecho, es decir al método y a la hipótesis. Se le confiere también otro valor a la objetividad. La ciencia normal niega a la conciencia como parte del método y la teoría, cosa que resulta difícil de imaginar para la fenomenología, que las ha puesto en un lugar preciado dentro de su propio trabajo con el objeto de investigación. “Pero la descripción no puede reemplazar a la experiencia personal.” (Echeverría; 1988: 212)

Los positivistas lógicos buscarán la objetividad en la verificación empírica de hipótesis preconcebidas mediante la experimentación (lo que no necesariamente implica un resultado verídico, es cosa de mirar teorías planteadas a través del tiempo que contenían varios errores pero que sin duda fueron defendidas hasta la muerte, o hasta que otro científico llegara a refutarla y surgiera otro paradigma), desechando todo aquello que no se encuentra bajo este tipo de metodología, lo considerado (y despreciado) como subjetivo. Los fenomenólogos, en cambio, consideran como algo valioso la experiencia, los sentimientos, la conciencia misma del ser humano, etc. Todos esos aspectos considerados como lo subjetivo o que carecen de valor al momento de la investigación positivista. (Echeverría, 1988)

Tanto la fenomenología como la hermenéutica plantean (bajo distintas concepciones teóricas, por supuesto) que no se puede descartar lo que la ciencia normal siempre ha dejado de lado, de las subjetividades propias, inherentes al hombre. “al prescindirse de lo subjetivo, la propia actividad científica deja de comprenderse.” (Echeverría; 1988: 209)

La hermenéutica por su parte, se cruza en muchos aspectos con la fenomenología, aunque si bien abordan el objeto de manera distinta, igualmente existe una crítica al positivismo, y más que a éste mismo, al realismo filosófico.

“La hermenéutica contendrá un primer cuestionamiento al dualismo filosófico que para dar cuenta del conocimiento establece la separación entre sujeto y objeto. Las ciencias naturales se habían desarrollado aceptando los términos del dualismo, proponiéndose un conocimiento objetivo […] La hermenéutica representará una opción diferente.” (Echeverría; 1988: 206-207)

Son dos formas de acercarse al conocimiento que se presentan como algo totalmente excluyente una de otra. Tanto la fenomenología como la hermenéutica reevalúan el criterio hipótesis-verificación positivista que aísla el objeto de su realidad y lo convierte en un hecho o en una entidad muchas veces descontextualizada.

No todo es tan determinista como se plantea en el positivismo, la validez de una teoría se enfrenta obviamente a los acuerdos que se tomen en las comunidades científicas, en este caso a los acuerdos comunitarios de fenomenólogos y hermenéuticos en el trabajo de las ciencias sociales.

La convención sobre lo objetivo o sobre lo verdadero está dado por ellas mismas internamente y no por otra comunidad que le venga a imponer un modo de investigación. Así como dijera el colega Nicolás Gómez en clases de epistemología, el trabajo investigativo de un hermeneuta es muy probable que no sea bien recibido ni aceptado, y por lo tanto, no consiga fondos en la comunidad positivista, e incluso fenomenológica. Y así en cualquiera de las otras comunidades en otras corrientes filosóficas. ¿Por qué? Porque lógicamente los acuerdos son distintos, así como también los intereses y la forma de enfrentarse al objeto. Hay diferencias sustanciales en cuanto a metodología y marco teórico, lo que es objetivo para unos, resulta subjetivo para otros y así, no hay consenso.

De esta forma, la hermenéutica y la fenomenología plantean otras soluciones para la aproximación al objeto, así como también otras formas metodológicas de llegar a la teoría y a la objetividad, entendiéndose ésta última de distinta forma a la concepción objetiva de los positivistas lógicos.

Los hermeneutas proponen una metodología interpretativa, así como también un modelo teórico que busca el entendimiento y la comprensión del objeto, entendido como el fruto de la actividad del ser humano. “El objeto resultaba ser una creación del hombre, una obra. Comprender una obra, implica descifrar la huella humana.” (Echeverría; 1988: 217). Hay distintas formas de abordar la realidad, porque hay distintas perspectivas desde las cuales se puede analizar la investigación.

Los fenomenólogos, trabajan con el sentido, el cual sólo puede ser apoyado mediante la experiencia. “[…] la conciencia no sólo identifica a los objetos, sino que también los constituye, los dota de sentido.” (Echeverría; 1988: 212)

En ambas corrientes, la producción del conocimiento, y por lo tanto, la validez de la teoría se abarca desde metodologías de investigación cualitativas, lo que resulta indispensable para muchas disciplinas de las ciencias sociales.

La búsqueda del sentido y ese “descifrar la huella humana”, encaminan al investigador hacia la senda del descubrimiento constante de nuevas realidades que bajo el punto de vista positivo o natualista no se habrían podido llegar. La práctica sin duda cobra mucho más importancia que la teoría, los fenómenos están ahí y se exploran y comprenden en su estado natural. Es por esto que se le da una significación distinta a la acción humana y a las prácticas sociales mediante estas concepciones epistemológicas.

Por ejemplo, es el caso de la obra de arquitectura, acotando un poco, la obra de arquitectura posmodernista, cuya interpretación podríamos abarcarla netamente desde el punto de vista hermenéutico.

Para comprenderla desde esta perspectiva, tendríamos que remontarnos tal vez hacia los inicios de esta disciplina (entendiendo como función más importante de la arquitectura la respuesta al siempre bien ponderado tema del habitar, que para Heidegger (1951) vendría siendo etimológicamente lo mismo que el “construir”, y aún más importante, que el “ser”), en donde el cobijo de los hombres era tan sólo un refugio improvisado de piedras y ramas o una caverna. Ahora bien, la obra arquitectónica como tal comenzó a concebirse como un trabajo más acabado (y con más significantes y significados) en la época antigua, en donde griegos, romanos, egipcios, entre otros, no sólo construyen para habitar, sino que le otorgan a dichas obras otro sentido, como el culto a sus dioses o a sus muertos, o simplemente como ocupación territorial.

De esta manera, la obra de arquitectura va adquiriendo matices distintos conforme pasa el tiempo, hasta llegar a la presente época, a esas construcciones posmodernistas de arquitectos que más que diseñadores parecen (y los precede una fama) artistas de cine. Que gracias al avance de la tecnología y al avance de ingeniería han podido hacer realidad una suerte de delirios a gran escala de lo más inquietos y revolucionarios, de los deconstructivistas. Es cosa de mirar el trabajo de Zaha Hadid, Frank Gehry, Rem Koolhaas, entre otros, quienes imprimen en cada una de las ciudades que han tenido la oportunidad de poseer alguna de sus obras un sello característico. Acá en Chile también tenemos lo nuestro, y acá aludo a algunos nombres que suenan dentro del circuito, como Mathias Klotz, Borja Huidobro, Felipe Assadi, también entre otros.

Pero ahora bien, ¿qué tiene que ver todo esto con la hermenéutica? A mí parecer, pues todo.

Tanto la obra de arquitectura como la obra de arte están sujetas a una interpretación y a una comprensión por parte de otro porque poseen un discurso propio que los hace ser un “material de lectura”. Me remito a la arquitectura porque me parece un tema pertinente a todos los ciudadanos, porque arquitectura es lo que nos rodea todos los días de nuestra vida, es parte del espacio humano.

La obra arquitectónica posmoderna está cargada de mensajes que son una mezcla de distintos elementos de la expresión humana, y que tienen que ver muchas veces con el modo de vida moderno y acelerado en el que estamos inmersos. Posee en sí misma una carga simbólica que lleva implícita las inquietudes creativas y sociales de su autor, un sentimiento, un aporte o un juicio de valor a la sociedad en la que vivimos.

Es una narración, un relato construido no con el lenguaje de las palabras, sino que con el de la forma, que debe ser leído e interpretado. Es un relato que tiene (o no) una cierta inteligibilidad al igual que los textos. Y es que hasta las torres de departamentos que han inundado la ciudad tienen su propio discurso: el no tener ninguno.

La crítica arquitectónica y la misma teoría de la arquitectura utilizan herramientas hermenéuticas para develar el sentido a la apreciación del objeto y a su comprensión, preguntándose acerca del concepto y las motivaciones del autor que llevaron a la creación de la obra, compenetrándose con lo ajeno, con el otro para entenderlo. En este caso, el trabajo es de vinculación y un involucrarse con ese otro y con sus procesos interiores, tanto emocionales como intelectuales, “[…] el arte del entendimiento.” (Echeverría; 1988: 218). El fundamento proyectual, que nos enseñaron (me incluyo a mí misma, al ser parte de mi pasado académico, antes de tropezarme con la sociología) en la facultad de arquitectura tiene que ver con la posibilidad de que el otro entienda qué es lo que se está construyendo, una relación entre objeto y sujeto, hábitat y habitante.

Una obra, un texto, una problemática social sólo adquieren un significado real para el investigador hermeneuta en tanto son sometidos a una interpretación, después de haber pasado por todo un proceso de reflexión.

La arquitectura, desde el punto de vista fenomenológico[1], es analizada de acuerdo a las intenciones que su autor tenga. “Lo que la fenomenología revela son intencionalidades, pertenencias, modos de apariencia, procesos subjetivos, horizontes, flujos de multiplicidades, síntesis unitarias en la conciencia […]” (Echeverría; 1988: 211)

Pero por otro lado, existen también diferencias entre hermenéutica y fenomenología en cuanto al caso propuesto. El discurso de la obra arquitectónica no puede ser tan sólo reducida a una pura subjetividad[2], como plantea la fenomenología.

Asimismo, en sociología y en las ciencias sociales en general, la hermenéutica y la fenomenología han cobrado un papel preponderante en su ejercicio. Ambas corrientes vendrían a ser parte del paradigma interpretativo o comprensivo, esas otras visiones le dan un carácter mucho más cualitativo a la actividad sociológica, pero ¿por qué? Pues porque existen muchas realidades en cuanto a la problemática social, todas ellas conducentes de una u otra forma a verdades diferentes que están ahí y que hay que buscarlas en terreno. No bastaría tan sólo con predecir un hecho y luego comprobarlo mediante experimentación como harían las ciencias normales, sino que habría que salir a buscarlos, y una vez encontrados estudiarlos, observarlos de lejos sin que se sientan amenazados, y cuando sea el momento indicado, interactuar con ellos y descubrir cada una de sus verdades. Para esto es útil tanto la investigación hermenéutica como la fenomenológica, claramente distinguiendo de cada una sus diferencias y sus convergencias, sus puntos más débiles y sus fortalezas.

El fénomeno está presente ahí afuera, se comprende a la realidad como una dinámica. El sujeto y el objeto son dos cosas que no pueden separarse y esto es lo que debieran tener más que presente todos los sociólogos. En la investigación, aunque no se quiera, la mirada del investigador influye en el comportamiento del objeto observado y éste mismo moldea también la mirada del observador, por más que se intente evitar, también porque existe una constante interacción entre los hechos sociales y el contexto en el que se manifiestan.

Nos han enseñado desde el primer día en la sala de clases que la sociología (aunque verdaderamente aún no comprendamos del todo qué es realmente la sociología) tiene como objeto de estudio a la sociedad. Sí, a la sociedad, pero también a todos aquellos procesos o relaciones sociales que se dan en ella, refiriéndome a su sentido más amplio.

Y la forma que tenemos de llegar a todos esos datos es a través de la comprensión de la conducta de las personas y de las interacciones que se producen entre ellas, del por qué siendo todos parte de un mismo concepto, como por ejemplo, el de ser latinoamericanos, no significa que lo que ocurre socialmente en Chile se repita de igual forma en Perú o en Colombia, sólo por mencionar algunos países. Y es en esta reflexión en la que entra en juego la mirada hermenéutica.

En este campo de trabajo no sirven de mucho las reglas o las leyes que propone el positivismo porque no se puede predecir el hecho social. Es posible que en algunos casos siga ciertos patrones, por algún tiempo, pero la actividad humana es dinámica y siempre está cambiando.

Por lo tanto, la investigación en el mundo de la vida cotidiana tendría que estar más asociada a un paradigma epistemológico que no busque explicar el objeto, sino que busque interpretarlo o comprenderlo, paradigma que tiene que estar aceptado, haciendo éste la distinción entre una comunidad científica de otra, siendo parte del acuerdo dentro de ese conjunto de investigadores, en este caso, los de las ciencias sociales, constituyendo un fundamento válido en sus propias prácticas.

Los sociólogos requieren asumir que la naturaleza del fenómeno necesita de su comprensión. Por tanto, el objeto debe ser estudiado desde adentro de sí mismo, en donde la realidad que se quiere encontrar es intrínseca a él y no desde su exterior, como harían los investigadores positivistas cuyo método está ligado a explicar el objeto y no a comprenderlo, es decir, predicción-comprobación lo que se vio fuertemente reflejado en el trabajo de algunos sociólogos como Saint Simon, Comte y Durkheim.

El quehacer y la investigación en sociología utiliza estas dos vertientes de pensamiento, fenomenología y hermenéutica, para otorgarle objetividad a su trabajo a partir de la subjetividad. Se revisan las experiencias del objeto de estudio porque éste le da una referencia a la investigación sociológica. En este sentido no existen generalizaciones ni postulados universales pues todas las realidades que se estudian son distintas unas de otras y es esto lo que le otorga una calidad distinta a los resultados que se lleguen a obtener.

Los hechos sociales están constantemente cambiando y es por esta razón que el método que se use tiene que estar orientado y ponerse al servicio del descubrimiento e interpretación del fenómeno por más que ya existan teorías preexistentes.

En esta medida, entonces, hay siempre una reconstrucción de ésta misma ya que las dinámicas y las causas del fenómeno van a verse siempre modificadas.

Como conclusión, yo me pregunto, ¿hasta qué punto podemos utilizar un paradigma u otro para obtener los resultados que necesitamos alcanzar dentro de la investigación sociológica? Y si uno anula al otro, ¿no es posible combinarlos ambos, o al menos conjugar algunas de sus categorías para hacerlas confluir, a pesar de sus distinciones? ¿Son tan incompatibles?

Conozco el caso de una persona, quien tuvo que realizar un trabajo de encuestadora, herramienta que además de estar mal hecha (las preguntas estaban mal formuladas, la encuesta no podía ser aplicada a todos los hogares del muestreo ya que se partió mal al no haber un catastro que permitiera determinar a quiénes se les podía aplicar la encuesta, etc.) Tomo la encuesta como método determinista, para llegar a la recolección de datos para luego ser analizados estadísticamente. El estudio no pudo ser llevado a cabo en su totalidad porque habían errores metodológicos.

Ahora bien, intercambiando información con esta persona, nos preguntamos como estudiantes que somos de primer año si no habría sido más conveniente en la investigación sociológica combinar ambos métodos para obtener respuestas pertinentes a lo que se está buscando llegar.

¿Es necesario limitar la investigación a sólo ciertas categorías o parámetros? Suponiendo que el rol del investigador es el de escoger el camino que más adecuado, o que más le ayude a enfocar su trabajo hacia dónde quiere llegar, tomando cada vía un tiempo determinado.

Si bien es cierto, el método científico positivo entrega investigaciones encauzadas hacia la precisión y lo conciso, en sociología deja quizá algunos vacíos que la ciencia normal por mucho que se esfuerce (aunque en la práctica no lo hace porque no le interesa hacerlo) no se relaciona con el ser y sus consideraciones más metafísicas o de esa llamada subjetividad que excluye sin la posibilidad de poder recurrir a ella.

El investigador en sociología, y en las demás ciencias sociales tiene que estar siempre eligiendo entre una forma de producción del conocimiento u otra, asumiendo que cualquier camino que vaya a tomar tiene sus limitaciones. Al parecer habría que reconocer que no se puede construir un conocimiento que tenga compatibilidad con todas las comunidades científicas, ya que no existe un solo discurso que unifique el saber producido.

Frente a esto, cabría preguntarse a cuántos tipos de sociología podemos llegar a alcanzar durante el ejercicio de la profesión si tenemos varios posibles paradigmas, cómo saber cuál es el indicado y hacia dónde orientar el objeto de estudio en una investigación que se nos presente.

En las exposiciones de proyectos de título de nuestra universidad en los que estuvimos algunos alumnos del curso presente, me quedaron muchas de esas dudas de manifiesto, el hacia dónde dirigir el trabajo que se está realizando y cuál es la metodología que me llevarán a los resultados que estoy buscando (o tal vez a los que no me quiero encontrar, uno nunca sabe) ¿Y si se comienza con uno, y en el camino se da cuenta que debería haber trabajado con otro? Quizá estamos todos sometidos a la duda constante, al borde mismo del error.

Tal vez la investigación sociológica tenga que ser puesta a prueba, una, dos, cinco veces para lograr resultados satisfactorios, o para encontrar lo que se está buscando. Apenas estamos comenzando, pero estamos destinados a fracasar y a triunfar, y a volver a fracasar. Y así, el componente crucial de la vida, la sorpresa, la indeterminación nos enseñe algo más que todas las teorías aplicadas y los métodos y las categorías de investigación. Lo más probable es que haya que seguir avanzando en esto para algún día, si es que se tiene algo de éxito (o suerte como lo llaman algunos) poder averiguarlo.


Referencias bibliográficas elementales y complementarias

· Echeverría, Rafael. (1988). Capítulo 14: Karl Popper (pp. 193-203), Capítulo 15: La fenomenología de la conciencia de Husserl (pp. 205-213), Capítulo 16: La hermenéutica, en El Búho de Minerva. Chile, Santiago. Editorial PIIE.

· Heidegger, Martin. (1951)[1954]. Construir, habitar, pensar, en Conferencia pronunciada en el marco de la “Segunda reunión de DARMASTAD”, en Vortäge und auffätze. Pfullingen.



[1] La experiencia personal, ya sea del investigador o del sujeto investigado, es materia prima para el análisis y la constitución del objeto, sólo ella le otorga un sentido y le da un contexto. Se vale entonces del mundo de las experiencias como parte de la subjetividad que lleva a lo objetivo. (Echeverría, 1988)

[2] No se puede “[…] eliminar todo lo que no sea inmediato y originario. Eliminar todo lo que se ha insertado subrepticiamente en la conciencia como forma de explicación, de especulación o de suposición.” (Echeverría; 1988: 210). Esto ya que la obra de arquitectura no sólo es subjetividades, sino más bien una mezcla entre lo racionalista, que la hace mantenerse de pie y ser construible, y entre lo que permite una interpretación simbólica de ella misma: edificación y teoría.

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