1. ¿Qué es la ciencia?
Desde que el hombre es capaz de pensar, ha mantenido ciertos conflictos con el mundo que lo rodea, conflictos que quizá puedan resumirse con la duda.
Le han surgido innumerables preguntas y cuestionamientos, una necesidad de acercarse al conocimiento de la realidad, pero ¿qué necesidad hay de conocer lo real?
Pues, conocer implica darle un sentido a aquello que antes nos era desconocido y que es importante, que está ahí y que resulta ser que va de la mano con todo lo que está a nuestro alrededor.
De esta forma, el ser humano se ha visto en la obligación de intentar responder todas estas interrogantes de una sola forma: pensando. Ya desde la antigüedad, los filósofos comenzaron a responderse a sí mismos cuestiones que van desde lo más básico, hasta lo más enrevesado. Comenzaron a interiorizarse en el complejo arte del pensamiento intelectual, del logos, mediante distintos métodos de aproximación al conocimiento, asentando de este modo una primera aproximación a una gnoseología, que luego sería una base para el surgimiento de la ciencia propiamente tal.
La ciencia es, entonces, la búsqueda de una certeza, de una seguridad casi absoluta en una investigación sobre algún tema en particular, ya sea, como se preguntaron por primera vez los antiguos griegos, acerca de los elementos de la naturaleza, los astros o la física clásica que inauguraría muchos siglos después Newton, por dar algunos ejemplos.
Es el camino considerado como objetivo para llegar al conocimiento, y este camino es en realidad una sistematización de ese conocimiento a base de la razón, hoy en día conocido como método científico (no olvidando por supuesto que el método no da necesariamente a la ciencia objetividad)
La ciencia busca dar coherencia a los supuestos que aún mantienen cierta subjetividad, por lo tanto, ese conocimiento al que llega es exacto y comprobable, y sólo es de este modo en tanto que la comunidad científica, aquellos que practican la ciencia, lo acepten en acuerdo como tal. Y esa coherencia resulta como una verdad fáctica sólo mientras la teoría se complemente con la praxis, siendo ésta última la que le adhiere el criterio de verdad.
Prigogine (1986, pp.29-30), citado por Moreno (2006, p.22) sugiere que “la ciencia forma parte del complejo cultural a partir del cual, en cada generación, los hombres intentan una forma de coherencia intelectual.” Es decir, a lo largo del tiempo han existido dudas y vacíos que los hombres buscan resolver de manera lógica y racional, y la ciencia se ha manifestado como dicha manera, que ha llegado a instalarse casi como una “salvación” a los problemas que siempre estuvieron ahí y a los nuevos que se fueron suscitando.
Pero en esa búsqueda de la verdad debe existir también una responsabilidad, tal como lo formula Moreno (2006), que “en la actualidad, seguramente, ya no es el problema de la verdad el que se plantea en estas preguntas, sino el de responsabilidad.
El investigador tiene que estar en condiciones de responder por su trabajo […] Nosotros mismos tenemos que dar razón a nuestro hacer.” (p. 21)
La ciencia vendría a ser casi una especie de “religión”, que día tras días atrapa más adeptos maravillados (en tiempos más antiguos, hoy por hoy, creo yo que hemos ido perdiendo esa capacidad de asombro) por esa eficacia (y hago énfasis en esta palabra, porque me parece que es la imagen más apropiada para ilustrar esa fe casi ciega que se tiene en su fiabilidad y en su perfección para obtener respuestas objetivas que, a fin de cuentas, es lo que buscan las comunidades científicas). Comunidades científicas que están influidas directamente también por paradigmas.
La ciencia se estructura en base a un paradigma originado en la época histórica en que se practique, y es por esta razón que se ha visto permanentemente sometida a una serie de cambios, tal como dice Kuhn (1975, p.117), citado por Moreno (2006, p. 27) “la historia de la ciencia es dis-continua. Es un proceso de sustituciones. Una ciencia ha sido suplantada y sustituida por otra completamente distinta, basada en otros principios, ocupada en otros problemas, valida de otros instrumentos.”
Hay un constante movimiento, lo que hace que la ciencia esté continuamente renovándose, y por tanto, también quienes las practican. Creo que tiene la presión permanente de la vigencia, esto es, que con cada nuevo paradigma existe una renovación del conocimiento, de las ideas y con ellos la reformulación permanente de teorías para su perfeccionamiento.
La ciencia, tal como lo dijera el señor Nicolás Gómez, en alguna de las clases de Epistemología, es un acto de dominación. Se impone en una sociedad como lo único válido para ser considerado como verdadero y desacredita todo lo que no se enmarca en ella y su praxis.
De ahí se desprende la molestia de Geertz (2002) sobre esta hegemonía de la ciencia, sobre todo en el campo de las llamadas ciencias sociales, en sus reflexiones antropológicas. Frente a esto, nos dice “Una de las cosas más irritantes en mi ámbito de trabajo es la gente que dice que no estás haciendo “verdadera ciencia” si no llegas a establecer leyes, sugiriendo con ello que ellos sí lo hacen aunque no te digan qué leyes son ésas […] La cientificidad, y aquí me referiré al conjunto de las ciencias humanas, es muchas veces tan sólo un farol.” (pp.106-107)
Ahora bien, esto tal vez podría explicarse ya que la ciencia aplicada al desarrollo del conocimiento humano, es decir, las ciencias sociales o “ciencias del espíritu”, aún presenta ciertas falencias que no se han corregido del todo, lo que hace que todavía no presente ese grado de fiabilidad que muestra la ciencia positivista.
En el texto de Moreno (2006, p. 25), se plantea una diferencia radical de las ciencias naturales con las ciencias sociales, de modo que “Estas nunca lograron instalarse sobre una base común de seguridad. Precisamente por no adecuarse plenamente a los supuestos científicos aceptados, toda su historia ha estado marcada por la interminable discusión que pone constantemente en duda su estatuto de ciencias.”
Siguiendo con las ideas vistas en clase, la comunidad científica no va en busca de la verdad, sino en busca de privilegios y esta es la base social de ella misma. Por lo tanto, este acto de dominación más que de la ciencia en sí, es por parte de quienes la practican, y éstos están dentro de un sistema que somete a las ideas en busca (y para contener) del poder. “Para Marx, la ciencia que se produce en un sistema social dominado por la burguesía, es realmente una ciencia burguesa, no una ciencia neutral, verdadera […]” (Moreno; 2006: 25)
Y me permito tomar esta idea para decir también que la ciencia, en tanto ciencia, es pura arrogancia.
El trabajo del científico es admitir como verdadero lo que se considera objetivo, mediante la aplicación de sus propios métodos y reglas, que han sido comprobados previamente y que claramente, se concluye que funcionan para resolver las interrogantes planteadas, sin embargo “[…] Los mitos, las obras de arte, los sueños o los cuentos de hadas parecen que hablan de la realidad. Sin embargo, son meras fantasías; son pelusa epistemológica. Sólo la ciencia, sus enunciados y las concepciones del mundo basados en ellos, nos dice lo que ocurre realmente.” (Feyerabend; 1999 [1992]: 67)
La ciencia se ha reafirmado tanto en su propia infalibilidad, que hoy nos parece comprensible que la comunidad científica sea algo así como una suerte de elite dentro de la sociedad, “aquellos hombres sabios” que se escudan en esa arrogancia propia de las personas que están en el mundo de la ciencia (especialmente de las ciencias “duras”). El poder de la ciencia pareciera no tener límites, Según Feyerabend (1999) [1992], “parece que la ciencia es una fuerza irresistible. Y lo es, pero sólo si se creen sus promesas y se sucumbe a las “relaciones públicas” de la mafia científica. Es irresistible si se permite que lo sea.” (p.87) Pero el mundo moderno ha sucumbido ante esa promesa que ha hecho la ciencia de ser capaz de responder a todos los supuestos que se pongan en el tapete de la investigación.
Lo que yo me pregunto es, ¿es la posición más acertada, el creer ciegamente en el trabajo de las ciencias? A mí me parece que no, y en este punto creo que estoy de acuerdo con muchas cosas que plantea Feyerabend.
Por un lado, se ha creído desde siempre que la ciencia es una única fuente de verdad, indiscutible, que es capaz de dar respuesta hasta a los enigmas más complejos. Es poder, y esto lo han sabido todos los que lo han ostentado o han aspirado a llegar hasta él.
En desmedro de otro tipo de conocimientos, o mejor dicho, de la relación ancestral que menciona Monod, citado por Feyerabend (1999), esa “antigua alianza animista entre el hombre y la naturaleza.” (p.65) Es decir, un conocimiento empírico sin bases en leyes o estatutos teóricos de laboratorio o manuales científicos, que ha funcionado desde siempre y que le permitió a nuestra especie sobrevivir a lo largo de milenios de historia, antes que apareciera la ciencia, como ciencia propiamente tal, porque ella funciona y es eficaz y ha demostrado (por un acuerdo mutuo entre todas la comunidad científica) ser lo más próximo a la verdad, por no decir “la verdad misma”.
¿Cuándo se impuso ese punto de vista objetivo y determinista por sobre la relación hombre-naturaleza? Pareciera ser que cuando emergió “la codicia, la falta de previsión, tendencias sociales desconocidas para los mismos participantes del proceso, la emergencia del capitalismo.” (Feyerabend; 1999: 66) En suma, el materialismo que se considera necesario para llegar al progreso. ¿Es ciencia progreso, realmente? ¿Dónde queda la persona, la experiencia, después de que todo sea ciencia?
Nadie nos dice que no usemos o que no creamos en la ciencia, pero tiene que existir una aplicación de lo teórico con lo práctico. Y en este punto me gustaría intentar combinarla con su relación y el quehacer con las ciencias sociales, que es a lo que nos vamos a dedicar nosotros, como sociólogos, quizá para el resto de nuestra vida profesional.
Las ciencias sociales tienen una base epistemológica y metódica en el campo de la ciencia en sí, porque busca responder cuestiones de la manera más objetivamente posible, pero tampoco debe olvidarse de su objeto de investigación, que es el estudio humano, y con ello, a toda la experiencia que se pueda recoger. No basta tan sólo con la aplicación de una sistematización de teorías que en un laboratorio funciona a la perfección, sino que la combinación de esta técnica, de lo objetivo con lo que está allá afuera, con el contexto en el que se está trabajando, utilizado con sentido común. A mí parecer, es esencial para un éxito rotundo en estas áreas de estudio. No se puede separar una cosa de otra, porque de otro modo resultaría incompleto, absolutamente ineficaz.
2. ¿Cuáles son las consecuencias que conllevan el tránsito de un paradigma a otro en las materias referidas al método, la idea de ciencia y en la concepción de la teoría?
Para Kuhn (1996), “un paradigma es un modelo o patrón aceptado.” (p.51) Aceptado claramente por quienes practican la ciencia. Por lo tanto, entendemos por paradigma a aquellos compromisos adquiridos, compartidos e internalizados por la comunidad científica para ser considerado como válido. Los paradigmas no representan renovación (no necesariamente) sino que un modo de estudio.
De cierta manera, el paradigma es una especie de marco conceptual, fomentado por esa obsesión que tienen los científicos de querer introducir a la naturaleza y sus fenómenos dentro de una teoría, intentando así acotar el objeto de investigación.
Si este “modelo aceptado” por la comunidad científica no da suficientes respuestas, o éstas son insatisfactorias a los problemas que se estudian, el paradigma no cambia ni es reemplazado por otro inmediatamente, sino que se modifica o se ignoran las fallas que éste presenta, ya que la comunidad científica no apoya las innovaciones, muy por el contrario, las rechaza por considerarlas en contra a su quehacer. “[…] La ciencia normal suprime frecuentemente innovaciones fundamentales, debido a que resultan necesariamente subversivas para sus compromisos básicos.” (Kuhn; 1996: 26)
El único modo de que cambie el paradigma, es decir, que exista un tránsito de un paradigma a otro es mediante las revoluciones científicas, en otras palabras, “cuando la profesión no puede pasar por alto ya las anomalías que subvierten la tradición existente de prácticas científicas- se inician las investigaciones extraordinarias que conducen por fin a la profesión a un nuevo conjunto de compromisos, una base nueva para la práctica de la ciencia.” (Kuhn; 1996: 27)
Las revoluciones científicas, por lo tanto, conllevan a esos cambios de paradigmas que son generados a partir de las falencias del método convencional usado por la ciencia, del paradigma anterior.
El nuevo paradigma pasa por un proceso de aceptación que primero comienza por el rechazo unánime de la comunidad científica, porque resulta diferente, y en muchos casos incompatible con ella. Obviamente esto sucede porque si hay ciertas teorías que en la época resultan admisibles, o como fuentes de verdad absoluta y aparece una nueva que llega a romper con lo establecido, produce un quiebre radical.
Es transgresora, derrumba aquella epísteme anterior que había sido utilizada como parámetro preestablecido en la base del trabajo de investigación, haciendo también que toda creencia previa caiga al piso, como por ejemplo, con la Teoría Geocéntrica de Aristóteles, posteriormente reafirmada por Ptolomeo, en donde se creía fervientemente que la Tierra era el centro del universo, teoría que fue aceptada por varios siglos, hasta que Copérnico formulara su Teoría Heliocéntrica, que posteriormente fuera avalada por Galileo.
Pero esto no significa que el cambio es aceptado inmediatamente (es cosa de revisar el contexto histórico y el poco apoyo que les tocó vivir a Copérnico y a Galileo, como así también a tantos otros hombres de ciencias que postularon teorías revolucionarias, o quizá no tanto pero que aún así se implantaron como algo distinto y novedoso).
“[…] los cambios de paradigma hacen que los científicos vean el mundo de investigación, que les es propio, de manera diferente […] después de una revolución, los científicos responden a un mundo diferente.” (Kuhn; 1996: 176) Cuando cambia el paradigma, cambia la perspectiva que se tiene del mundo y también cambia la orientación que se tiene sobre el objeto de investigación.
El cambio de paradigma admite implícitamente un error de su predecesor, que conlleva a nuevos resultados tras de sí.
Por lo tanto, los mismos métodos que se aplicaban en un problema anterior, evidentemente se verán modificados. Las transformaciones científicas traen una nueva forma de abordar los problemas, desde una nueva perspectiva. Lo que antes no funcionaba o no entregaba respuestas satisfactorias, luego del cambio tiene posibilidades de sí darlas, es más, fue esa la razón por la cual surge el nuevo paradigma. Cada paradigma implanta una cierta forma de abordar el objeto (mismo objeto, distintos paradigmas).
Entonces, no se trata de que se estudien diferentes fenómenos, sino que la forma de abarcarlo se mira desde un ángulo diferente del que se estaba trabajando antes, porque obviamente cambia el interés, la forma en que se ve. Por ejemplo, en el texto de Kuhn (1996) nos encontramos que “Al menos, en el caso de Oresme y casi seguro de Galileo, fue una visión hecha posible por la transición del paradigma aristotélico original al paradigma escolástico del ímpetu para el movimiento. Hasta que se inventó ese paradigma escolástico no hubo péndulo, sino solamente piedras oscilantes […] Los péndulos comenzaron a existir gracias a algo muy similar al cambio de forma (Gestalt) provocado por un paradigma.” (p. 189) Y me parece que es una buena forma de ilustrar cómo un mismo objeto, luego de un cambio de paradigma, puede ser observado de una forma totalmente distinta como se veía antes. Porque si no hubiera este cambio de mirada sobre lo que se está estudiando, entonces se estaría dando vueltas en círculo sobre un mismo problema que no logra satisfacer del todo.
Hay un progreso en tanto se mira a la investigación desde otro prisma y se permita avanzar en ella. Y es que para Kuhn (1996), “en lugar de ser un intérprete, el científico que acepta un nuevo paradigma es como el hombre que lleva lentes inversores. Frente a la misma constelación de objetos que antes, y sabiendo que se encuentra ante ellos, los encuentra, no obstante, transformados totalmente en muchos de sus detalles.” (pp.191-192)
La ciencia se ve trastocada por el nuevo paradigma, y así también el método y la teoría. En muchos casos, la teoría anterior queda obsoleta, ya que muchas de sus reglas carecen de éxito, y por tanto, con el cambio de paradigma se buscan unas nuevas que permitan resolver de mejor manera el problema científico.
Tomando en cuenta que en la ciencia el método es el camino en la sistematización del conocimiento, depende de éste al destino que se llegue.
El tránsito de un paradigma a otro permite que el método, o sea replanteado desde cero o se modifiquen ciertas partes de su estructura, para llegar a la resolución de un (nuevo o el mismo) enigma.
Las teorías científicas, creo yo que, tienen la obligación de tener una total coherencia en cuanto al tema al que se están refiriendo. Y son los nuevos paradigmas que van reemplazando a esos otros ya existentes los que les otorgan un cierto grado de cohesión al trabajo teórico, que por ende conlleva a un progreso en el desarrollo de la ciencia.
Con las revoluciones científicas, cambian las tradiciones y los convencionalismos de las teorías que sin lugar a dudas tenían su lugar privilegiado en los textos de estudio anteriormente utilizados por los estudiantes. Se ponen a aquellos constructos teóricos, antes considerados como fuente para alcanzar un conocimiento absoluto, de cabeza. En muchos casos, el nuevo paradigma los destroza definitivamente, los pone en tela de juicio y los determina como absolutamente cuestionables.
Y es esto a lo que temen los científicos, y por lo cual cuando surgen son inicialmente rechazados: porque la mayoría destruye completamente las creencias previas, todas esas concepciones del mundo en las que se estuvo trabajando durante cierto período de tiempo. Es un terror al cambio, a que todo en lo que se ha creído durante toda una vida se vaya al suelo (y creo yo, personalmente, desde mi perspectiva de estudiante que recién va en primer año y que apenas concibe una vaga idea del trabajo científico, que los más reacios a estos cambios son aquéllos que llevan más tiempo trabajando en el mundo de la ciencia, cosa que también podría aplicarse a otros ámbitos de la vida) Y es esto lo que hace que la comunidad científica entera se pronuncie en contra de estos nuevos paradigmas que han ido surgiendo a lo largo del tiempo.
La idea de la ciencia que se estuvo haciendo antes del cambio de paradigma se viene abajo y surgen interrogantes que antes no eran necesarias ser planteadas.
¿Qué es lo que hemos estado haciendo? ¿Estuvimos siempre equivocándonos? Se preguntaran aquéllos cuyo trabajo ha sido cuestionado con las nuevas teorías concebidas desde la base, muchas veces, de un mismo trabajo.
Metodológicamente, estuvieron bien aplicadas pero, ¿dan respuestas suficientes a lo que se quiere resolver? Es cosa de mirar atrás y preguntarles a Ptolomeo o a los químicos de los siglos XVIII-XIX.
El error, en la ciencia siempre ha estado y estará presente, porque al contrario de lo que se quiere creer, no es cien por ciento infalible. No obstante, a partir de estos fallos es que surgirán nuevas teorías para corregirlos, y así es como las capacidades intelectuales estarán en dinámica constante, teniendo como expectativa que la ciencia algún día llegue a ser lo que muchos creen que es hoy en día: pura perfección sin equívocos, una salvadora sin precedentes para el avance de toda la humanidad.
Referencias bibliográficas
• Feyerabend, Paul. (1999) [1992]. Ciencia y Progreso (pp.65-95), en Ambigüedad y armonía. España, Barcelona. Ediciones Paidós.
• Geertz, Clifford. (2002). “Conocimiento local” y sus límites: algunos obiter dicta (pp.103-111), en Reflexiones antropológicas sobre temas filosóficos. España, Barcelona. Ediciones Paidós.
• Moreno, Alejandro. (2006). Capítulo 1: Para una definición-re-definición de epísteme (pp.21-28; pp.42-53), Capítulo 4: Desde el Yo, el otro es inaccesible (pp. 127-135), en El Aro y la trama. Epísteme, Modernidad y Pueblo. Chile, Santiago. Ediciones Universidad Católica Silva Henríquez.
• Kuhn, T. (1996). Introducción: Un papel para la historia (pp.20-32), Capítulo III: Naturaleza de la ciencia normal (pp.51-67), Capítulo X: Las revoluciones como cambios del concepto de mundo (pp.176-211) y Posdata: 1969 (pp.268-319), en La estructura de las revoluciones científicas. México. Fondo de Cultura Económica.
Desde que el hombre es capaz de pensar, ha mantenido ciertos conflictos con el mundo que lo rodea, conflictos que quizá puedan resumirse con la duda.
Le han surgido innumerables preguntas y cuestionamientos, una necesidad de acercarse al conocimiento de la realidad, pero ¿qué necesidad hay de conocer lo real?
Pues, conocer implica darle un sentido a aquello que antes nos era desconocido y que es importante, que está ahí y que resulta ser que va de la mano con todo lo que está a nuestro alrededor.
De esta forma, el ser humano se ha visto en la obligación de intentar responder todas estas interrogantes de una sola forma: pensando. Ya desde la antigüedad, los filósofos comenzaron a responderse a sí mismos cuestiones que van desde lo más básico, hasta lo más enrevesado. Comenzaron a interiorizarse en el complejo arte del pensamiento intelectual, del logos, mediante distintos métodos de aproximación al conocimiento, asentando de este modo una primera aproximación a una gnoseología, que luego sería una base para el surgimiento de la ciencia propiamente tal.
La ciencia es, entonces, la búsqueda de una certeza, de una seguridad casi absoluta en una investigación sobre algún tema en particular, ya sea, como se preguntaron por primera vez los antiguos griegos, acerca de los elementos de la naturaleza, los astros o la física clásica que inauguraría muchos siglos después Newton, por dar algunos ejemplos.
Es el camino considerado como objetivo para llegar al conocimiento, y este camino es en realidad una sistematización de ese conocimiento a base de la razón, hoy en día conocido como método científico (no olvidando por supuesto que el método no da necesariamente a la ciencia objetividad)
La ciencia busca dar coherencia a los supuestos que aún mantienen cierta subjetividad, por lo tanto, ese conocimiento al que llega es exacto y comprobable, y sólo es de este modo en tanto que la comunidad científica, aquellos que practican la ciencia, lo acepten en acuerdo como tal. Y esa coherencia resulta como una verdad fáctica sólo mientras la teoría se complemente con la praxis, siendo ésta última la que le adhiere el criterio de verdad.
Prigogine (1986, pp.29-30), citado por Moreno (2006, p.22) sugiere que “la ciencia forma parte del complejo cultural a partir del cual, en cada generación, los hombres intentan una forma de coherencia intelectual.” Es decir, a lo largo del tiempo han existido dudas y vacíos que los hombres buscan resolver de manera lógica y racional, y la ciencia se ha manifestado como dicha manera, que ha llegado a instalarse casi como una “salvación” a los problemas que siempre estuvieron ahí y a los nuevos que se fueron suscitando.
Pero en esa búsqueda de la verdad debe existir también una responsabilidad, tal como lo formula Moreno (2006), que “en la actualidad, seguramente, ya no es el problema de la verdad el que se plantea en estas preguntas, sino el de responsabilidad.
El investigador tiene que estar en condiciones de responder por su trabajo […] Nosotros mismos tenemos que dar razón a nuestro hacer.” (p. 21)
La ciencia vendría a ser casi una especie de “religión”, que día tras días atrapa más adeptos maravillados (en tiempos más antiguos, hoy por hoy, creo yo que hemos ido perdiendo esa capacidad de asombro) por esa eficacia (y hago énfasis en esta palabra, porque me parece que es la imagen más apropiada para ilustrar esa fe casi ciega que se tiene en su fiabilidad y en su perfección para obtener respuestas objetivas que, a fin de cuentas, es lo que buscan las comunidades científicas). Comunidades científicas que están influidas directamente también por paradigmas.
La ciencia se estructura en base a un paradigma originado en la época histórica en que se practique, y es por esta razón que se ha visto permanentemente sometida a una serie de cambios, tal como dice Kuhn (1975, p.117), citado por Moreno (2006, p. 27) “la historia de la ciencia es dis-continua. Es un proceso de sustituciones. Una ciencia ha sido suplantada y sustituida por otra completamente distinta, basada en otros principios, ocupada en otros problemas, valida de otros instrumentos.”
Hay un constante movimiento, lo que hace que la ciencia esté continuamente renovándose, y por tanto, también quienes las practican. Creo que tiene la presión permanente de la vigencia, esto es, que con cada nuevo paradigma existe una renovación del conocimiento, de las ideas y con ellos la reformulación permanente de teorías para su perfeccionamiento.
La ciencia, tal como lo dijera el señor Nicolás Gómez, en alguna de las clases de Epistemología, es un acto de dominación. Se impone en una sociedad como lo único válido para ser considerado como verdadero y desacredita todo lo que no se enmarca en ella y su praxis.
De ahí se desprende la molestia de Geertz (2002) sobre esta hegemonía de la ciencia, sobre todo en el campo de las llamadas ciencias sociales, en sus reflexiones antropológicas. Frente a esto, nos dice “Una de las cosas más irritantes en mi ámbito de trabajo es la gente que dice que no estás haciendo “verdadera ciencia” si no llegas a establecer leyes, sugiriendo con ello que ellos sí lo hacen aunque no te digan qué leyes son ésas […] La cientificidad, y aquí me referiré al conjunto de las ciencias humanas, es muchas veces tan sólo un farol.” (pp.106-107)
Ahora bien, esto tal vez podría explicarse ya que la ciencia aplicada al desarrollo del conocimiento humano, es decir, las ciencias sociales o “ciencias del espíritu”, aún presenta ciertas falencias que no se han corregido del todo, lo que hace que todavía no presente ese grado de fiabilidad que muestra la ciencia positivista.
En el texto de Moreno (2006, p. 25), se plantea una diferencia radical de las ciencias naturales con las ciencias sociales, de modo que “Estas nunca lograron instalarse sobre una base común de seguridad. Precisamente por no adecuarse plenamente a los supuestos científicos aceptados, toda su historia ha estado marcada por la interminable discusión que pone constantemente en duda su estatuto de ciencias.”
Siguiendo con las ideas vistas en clase, la comunidad científica no va en busca de la verdad, sino en busca de privilegios y esta es la base social de ella misma. Por lo tanto, este acto de dominación más que de la ciencia en sí, es por parte de quienes la practican, y éstos están dentro de un sistema que somete a las ideas en busca (y para contener) del poder. “Para Marx, la ciencia que se produce en un sistema social dominado por la burguesía, es realmente una ciencia burguesa, no una ciencia neutral, verdadera […]” (Moreno; 2006: 25)
Y me permito tomar esta idea para decir también que la ciencia, en tanto ciencia, es pura arrogancia.
El trabajo del científico es admitir como verdadero lo que se considera objetivo, mediante la aplicación de sus propios métodos y reglas, que han sido comprobados previamente y que claramente, se concluye que funcionan para resolver las interrogantes planteadas, sin embargo “[…] Los mitos, las obras de arte, los sueños o los cuentos de hadas parecen que hablan de la realidad. Sin embargo, son meras fantasías; son pelusa epistemológica. Sólo la ciencia, sus enunciados y las concepciones del mundo basados en ellos, nos dice lo que ocurre realmente.” (Feyerabend; 1999 [1992]: 67)
La ciencia se ha reafirmado tanto en su propia infalibilidad, que hoy nos parece comprensible que la comunidad científica sea algo así como una suerte de elite dentro de la sociedad, “aquellos hombres sabios” que se escudan en esa arrogancia propia de las personas que están en el mundo de la ciencia (especialmente de las ciencias “duras”). El poder de la ciencia pareciera no tener límites, Según Feyerabend (1999) [1992], “parece que la ciencia es una fuerza irresistible. Y lo es, pero sólo si se creen sus promesas y se sucumbe a las “relaciones públicas” de la mafia científica. Es irresistible si se permite que lo sea.” (p.87) Pero el mundo moderno ha sucumbido ante esa promesa que ha hecho la ciencia de ser capaz de responder a todos los supuestos que se pongan en el tapete de la investigación.
Lo que yo me pregunto es, ¿es la posición más acertada, el creer ciegamente en el trabajo de las ciencias? A mí me parece que no, y en este punto creo que estoy de acuerdo con muchas cosas que plantea Feyerabend.
Por un lado, se ha creído desde siempre que la ciencia es una única fuente de verdad, indiscutible, que es capaz de dar respuesta hasta a los enigmas más complejos. Es poder, y esto lo han sabido todos los que lo han ostentado o han aspirado a llegar hasta él.
En desmedro de otro tipo de conocimientos, o mejor dicho, de la relación ancestral que menciona Monod, citado por Feyerabend (1999), esa “antigua alianza animista entre el hombre y la naturaleza.” (p.65) Es decir, un conocimiento empírico sin bases en leyes o estatutos teóricos de laboratorio o manuales científicos, que ha funcionado desde siempre y que le permitió a nuestra especie sobrevivir a lo largo de milenios de historia, antes que apareciera la ciencia, como ciencia propiamente tal, porque ella funciona y es eficaz y ha demostrado (por un acuerdo mutuo entre todas la comunidad científica) ser lo más próximo a la verdad, por no decir “la verdad misma”.
¿Cuándo se impuso ese punto de vista objetivo y determinista por sobre la relación hombre-naturaleza? Pareciera ser que cuando emergió “la codicia, la falta de previsión, tendencias sociales desconocidas para los mismos participantes del proceso, la emergencia del capitalismo.” (Feyerabend; 1999: 66) En suma, el materialismo que se considera necesario para llegar al progreso. ¿Es ciencia progreso, realmente? ¿Dónde queda la persona, la experiencia, después de que todo sea ciencia?
Nadie nos dice que no usemos o que no creamos en la ciencia, pero tiene que existir una aplicación de lo teórico con lo práctico. Y en este punto me gustaría intentar combinarla con su relación y el quehacer con las ciencias sociales, que es a lo que nos vamos a dedicar nosotros, como sociólogos, quizá para el resto de nuestra vida profesional.
Las ciencias sociales tienen una base epistemológica y metódica en el campo de la ciencia en sí, porque busca responder cuestiones de la manera más objetivamente posible, pero tampoco debe olvidarse de su objeto de investigación, que es el estudio humano, y con ello, a toda la experiencia que se pueda recoger. No basta tan sólo con la aplicación de una sistematización de teorías que en un laboratorio funciona a la perfección, sino que la combinación de esta técnica, de lo objetivo con lo que está allá afuera, con el contexto en el que se está trabajando, utilizado con sentido común. A mí parecer, es esencial para un éxito rotundo en estas áreas de estudio. No se puede separar una cosa de otra, porque de otro modo resultaría incompleto, absolutamente ineficaz.
2. ¿Cuáles son las consecuencias que conllevan el tránsito de un paradigma a otro en las materias referidas al método, la idea de ciencia y en la concepción de la teoría?
Para Kuhn (1996), “un paradigma es un modelo o patrón aceptado.” (p.51) Aceptado claramente por quienes practican la ciencia. Por lo tanto, entendemos por paradigma a aquellos compromisos adquiridos, compartidos e internalizados por la comunidad científica para ser considerado como válido. Los paradigmas no representan renovación (no necesariamente) sino que un modo de estudio.
De cierta manera, el paradigma es una especie de marco conceptual, fomentado por esa obsesión que tienen los científicos de querer introducir a la naturaleza y sus fenómenos dentro de una teoría, intentando así acotar el objeto de investigación.
Si este “modelo aceptado” por la comunidad científica no da suficientes respuestas, o éstas son insatisfactorias a los problemas que se estudian, el paradigma no cambia ni es reemplazado por otro inmediatamente, sino que se modifica o se ignoran las fallas que éste presenta, ya que la comunidad científica no apoya las innovaciones, muy por el contrario, las rechaza por considerarlas en contra a su quehacer. “[…] La ciencia normal suprime frecuentemente innovaciones fundamentales, debido a que resultan necesariamente subversivas para sus compromisos básicos.” (Kuhn; 1996: 26)
El único modo de que cambie el paradigma, es decir, que exista un tránsito de un paradigma a otro es mediante las revoluciones científicas, en otras palabras, “cuando la profesión no puede pasar por alto ya las anomalías que subvierten la tradición existente de prácticas científicas- se inician las investigaciones extraordinarias que conducen por fin a la profesión a un nuevo conjunto de compromisos, una base nueva para la práctica de la ciencia.” (Kuhn; 1996: 27)
Las revoluciones científicas, por lo tanto, conllevan a esos cambios de paradigmas que son generados a partir de las falencias del método convencional usado por la ciencia, del paradigma anterior.
El nuevo paradigma pasa por un proceso de aceptación que primero comienza por el rechazo unánime de la comunidad científica, porque resulta diferente, y en muchos casos incompatible con ella. Obviamente esto sucede porque si hay ciertas teorías que en la época resultan admisibles, o como fuentes de verdad absoluta y aparece una nueva que llega a romper con lo establecido, produce un quiebre radical.
Es transgresora, derrumba aquella epísteme anterior que había sido utilizada como parámetro preestablecido en la base del trabajo de investigación, haciendo también que toda creencia previa caiga al piso, como por ejemplo, con la Teoría Geocéntrica de Aristóteles, posteriormente reafirmada por Ptolomeo, en donde se creía fervientemente que la Tierra era el centro del universo, teoría que fue aceptada por varios siglos, hasta que Copérnico formulara su Teoría Heliocéntrica, que posteriormente fuera avalada por Galileo.
Pero esto no significa que el cambio es aceptado inmediatamente (es cosa de revisar el contexto histórico y el poco apoyo que les tocó vivir a Copérnico y a Galileo, como así también a tantos otros hombres de ciencias que postularon teorías revolucionarias, o quizá no tanto pero que aún así se implantaron como algo distinto y novedoso).
“[…] los cambios de paradigma hacen que los científicos vean el mundo de investigación, que les es propio, de manera diferente […] después de una revolución, los científicos responden a un mundo diferente.” (Kuhn; 1996: 176) Cuando cambia el paradigma, cambia la perspectiva que se tiene del mundo y también cambia la orientación que se tiene sobre el objeto de investigación.
El cambio de paradigma admite implícitamente un error de su predecesor, que conlleva a nuevos resultados tras de sí.
Por lo tanto, los mismos métodos que se aplicaban en un problema anterior, evidentemente se verán modificados. Las transformaciones científicas traen una nueva forma de abordar los problemas, desde una nueva perspectiva. Lo que antes no funcionaba o no entregaba respuestas satisfactorias, luego del cambio tiene posibilidades de sí darlas, es más, fue esa la razón por la cual surge el nuevo paradigma. Cada paradigma implanta una cierta forma de abordar el objeto (mismo objeto, distintos paradigmas).
Entonces, no se trata de que se estudien diferentes fenómenos, sino que la forma de abarcarlo se mira desde un ángulo diferente del que se estaba trabajando antes, porque obviamente cambia el interés, la forma en que se ve. Por ejemplo, en el texto de Kuhn (1996) nos encontramos que “Al menos, en el caso de Oresme y casi seguro de Galileo, fue una visión hecha posible por la transición del paradigma aristotélico original al paradigma escolástico del ímpetu para el movimiento. Hasta que se inventó ese paradigma escolástico no hubo péndulo, sino solamente piedras oscilantes […] Los péndulos comenzaron a existir gracias a algo muy similar al cambio de forma (Gestalt) provocado por un paradigma.” (p. 189) Y me parece que es una buena forma de ilustrar cómo un mismo objeto, luego de un cambio de paradigma, puede ser observado de una forma totalmente distinta como se veía antes. Porque si no hubiera este cambio de mirada sobre lo que se está estudiando, entonces se estaría dando vueltas en círculo sobre un mismo problema que no logra satisfacer del todo.
Hay un progreso en tanto se mira a la investigación desde otro prisma y se permita avanzar en ella. Y es que para Kuhn (1996), “en lugar de ser un intérprete, el científico que acepta un nuevo paradigma es como el hombre que lleva lentes inversores. Frente a la misma constelación de objetos que antes, y sabiendo que se encuentra ante ellos, los encuentra, no obstante, transformados totalmente en muchos de sus detalles.” (pp.191-192)
La ciencia se ve trastocada por el nuevo paradigma, y así también el método y la teoría. En muchos casos, la teoría anterior queda obsoleta, ya que muchas de sus reglas carecen de éxito, y por tanto, con el cambio de paradigma se buscan unas nuevas que permitan resolver de mejor manera el problema científico.
Tomando en cuenta que en la ciencia el método es el camino en la sistematización del conocimiento, depende de éste al destino que se llegue.
El tránsito de un paradigma a otro permite que el método, o sea replanteado desde cero o se modifiquen ciertas partes de su estructura, para llegar a la resolución de un (nuevo o el mismo) enigma.
Las teorías científicas, creo yo que, tienen la obligación de tener una total coherencia en cuanto al tema al que se están refiriendo. Y son los nuevos paradigmas que van reemplazando a esos otros ya existentes los que les otorgan un cierto grado de cohesión al trabajo teórico, que por ende conlleva a un progreso en el desarrollo de la ciencia.
Con las revoluciones científicas, cambian las tradiciones y los convencionalismos de las teorías que sin lugar a dudas tenían su lugar privilegiado en los textos de estudio anteriormente utilizados por los estudiantes. Se ponen a aquellos constructos teóricos, antes considerados como fuente para alcanzar un conocimiento absoluto, de cabeza. En muchos casos, el nuevo paradigma los destroza definitivamente, los pone en tela de juicio y los determina como absolutamente cuestionables.
Y es esto a lo que temen los científicos, y por lo cual cuando surgen son inicialmente rechazados: porque la mayoría destruye completamente las creencias previas, todas esas concepciones del mundo en las que se estuvo trabajando durante cierto período de tiempo. Es un terror al cambio, a que todo en lo que se ha creído durante toda una vida se vaya al suelo (y creo yo, personalmente, desde mi perspectiva de estudiante que recién va en primer año y que apenas concibe una vaga idea del trabajo científico, que los más reacios a estos cambios son aquéllos que llevan más tiempo trabajando en el mundo de la ciencia, cosa que también podría aplicarse a otros ámbitos de la vida) Y es esto lo que hace que la comunidad científica entera se pronuncie en contra de estos nuevos paradigmas que han ido surgiendo a lo largo del tiempo.
La idea de la ciencia que se estuvo haciendo antes del cambio de paradigma se viene abajo y surgen interrogantes que antes no eran necesarias ser planteadas.
¿Qué es lo que hemos estado haciendo? ¿Estuvimos siempre equivocándonos? Se preguntaran aquéllos cuyo trabajo ha sido cuestionado con las nuevas teorías concebidas desde la base, muchas veces, de un mismo trabajo.
Metodológicamente, estuvieron bien aplicadas pero, ¿dan respuestas suficientes a lo que se quiere resolver? Es cosa de mirar atrás y preguntarles a Ptolomeo o a los químicos de los siglos XVIII-XIX.
El error, en la ciencia siempre ha estado y estará presente, porque al contrario de lo que se quiere creer, no es cien por ciento infalible. No obstante, a partir de estos fallos es que surgirán nuevas teorías para corregirlos, y así es como las capacidades intelectuales estarán en dinámica constante, teniendo como expectativa que la ciencia algún día llegue a ser lo que muchos creen que es hoy en día: pura perfección sin equívocos, una salvadora sin precedentes para el avance de toda la humanidad.
Referencias bibliográficas
• Feyerabend, Paul. (1999) [1992]. Ciencia y Progreso (pp.65-95), en Ambigüedad y armonía. España, Barcelona. Ediciones Paidós.
• Geertz, Clifford. (2002). “Conocimiento local” y sus límites: algunos obiter dicta (pp.103-111), en Reflexiones antropológicas sobre temas filosóficos. España, Barcelona. Ediciones Paidós.
• Moreno, Alejandro. (2006). Capítulo 1: Para una definición-re-definición de epísteme (pp.21-28; pp.42-53), Capítulo 4: Desde el Yo, el otro es inaccesible (pp. 127-135), en El Aro y la trama. Epísteme, Modernidad y Pueblo. Chile, Santiago. Ediciones Universidad Católica Silva Henríquez.
• Kuhn, T. (1996). Introducción: Un papel para la historia (pp.20-32), Capítulo III: Naturaleza de la ciencia normal (pp.51-67), Capítulo X: Las revoluciones como cambios del concepto de mundo (pp.176-211) y Posdata: 1969 (pp.268-319), en La estructura de las revoluciones científicas. México. Fondo de Cultura Económica.
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